Miguel Angel, por Generoso Medina


Imagen: galeriaelcaballete.com

MIGUEL ÁNGEL

Creo en la bella afirmación de Hermann Grimm, cuando dice que hay hombres que dijérase encierran una fórmula mágica. No bien uno los pronuncia, se siente elevado de la tierra hacia las nubes, como aquel príncipe de las Mil y Una Noches que montado en el caballo prodigioso, pronunciaba las palabras mágicas.

Es lo que sucede  cuando nombramos al genial y mútliple artista del Renacimiento, que diciéndose escultor, era también pintor, arquitecto, ingeniero, poeta, magnífico en todo, con el señorío del genio que hace «encrespar el mármol en figuras titánicas y el color en oleadas sublimes»: Miguel Ángel Buonarroti. Este solitario de la gloria, fuerte y grave, de avasalladora energía, nació en Caprese, Toscana, el 6 de marzo de 1475. Desde muy niño reveló su vocación por la pintura y la escultura, haciendo frente a la cerrada oposición de sus padres y parientes, que no querían verle convertido en un «picapedrero».

Pero el fervor artístico que alentaba su espíritu no se doblegaba fácilmente; triunfa su voluntad, y a los catorce años, el taller de Ghirlandajo se abre para él. Y entonces le sucede lo mismo que a Leonardo da Vinci: aventaja a su maestro que, por otra parte, reconoce el maravilloso talento de su discípulo.

Lorenzo el Magnífico le acoge más tarde en su palacio, distinguiéndole por sus precoces virtudes y tratándole como a su propio hijo.

La Piedad, arte.observatorio.info

Miguel Ángel, que debía pintar el Juicio Final, esculpir la tumba de los Médicis, construir la cúpula de la basílica de San Pedro y «rimar los más bellos sonetos que la lengua italiana poseyera, después de Petrarca», nos da a los veinticuatro años su primera obra maestra; Piedad, que decora la iglesia de San Pedro (Roma). Sin firma al principio, ante una aparente usurpación de la paternidad de la misma, se introduce una noche en la iglesia y graba en ella su nombre.

El artista interroga a la forma sin cesar y responde a su inspiración con el deseo de reproducirla, colocándola más alta que su fría representación; y , al llegar a la madurez, dirá que el mármol tiembla ante él.

Julio II, que sucedío a Pío III, le encarga en vida la construcción de su tumba, que debía ser gigantesca. Se cuenta que durante largos meses estuvo Miguel Ángel registrando canteras, viviendo de los groseros alimentos y sin pensar más que en la obra grandiosa que los inmensos bloques de mármol sugerían, y en los que sus imaginación tallaba de antemano. Una vez escogida la preciosa materia, quedó depositada en la plaza de San Pedro, pero la envidia y algunos contratiempos, impidieron que la obra se realizase tal como había sido planeada. En esa época terminó El cautivo agonizante y su célebre Moisés, de imponente majestuosidad, una de las más asombrosas obras escultóricas de todos los tiempos, que permaneciera por espacios de cuarenta años en su taller.

Miguel Ángel vive día y noche la dramática obsesión del ideal de perfección en el arte, persiguiéndolo sin desmayar en su empeño. Cree verlo en cada trozo de mármol que se presenta a su vista. Se pone a trabjar con ahínco; y a cada pedazo de piedra que salta, se imagina que la obra celeste va a aparecer ante el cincel como por arte de encantamiento. Cuando, agobiado por el trabajo, contempla su labor, sintiéndose conmovido hasta el llanto, exclama: «¡Oh, todavía no es eso!» he ahí el secreto del gran número de estatuas que abondonó apenas comenzadas, sintiéndose defraudado y sin ánimo para continuarlas.

Juicio Final, letras-musicasycintasdevideo.blogspot.com

Sus obras expresan poder y sus figuras revelan proporciones más que humanas y, aveces, músculos singularmente robustos. Bajo el pontificado de Pablo III terminó Miguel Ángel su Juicio Final, fresco del altar de la Capilla Sixtina (Roma), pareja incomparable de La Creación. También datan de esa época las hermosas estatuas tituladas El Crepúsculo, La Noche y La Aurora. Como arquitecto realizó los planos de la monumental cúpula de San Pedro, de 42 metros de diámetro por 123 altura; por este trabajo no quiso aceptar remuneración alguna.

Muchos temas y personajes bíblicos fueron motivo de su inspiración pictórica y de sus esculturas, buen ejemplo de las cuales es su David, al que representó «en una actitud sencilla, con mirada penetrante;  parece tener fijos los ojos en determinado blanco. El brazo derecho, cuya mano empuña la honda, cae con naturalidad a lo largo del cuerpo, en tanto que la mano izquiera está alzada a la altura del pecho, como si se dispusiese a poner la piedra en la honda».

El 14 de febrero de 1564 Miguel Ángel enferma al regreso de una caminata bajo la lluvia. Y el 18, a la hora de vísperas, muere cerca de los noventa años,  después del transcurrir de su obra y de su espíritu siempre asediado por las llamas de fuego creador, vehemente y sin reposo, como nos lo dice en uno de sus admirables poemas:

Llegado el final de mi trayectoria,

Me percato, oh mundo, de tus placeres;

De la paz que prometes, pero no tienes,

Del resposo que muere aun antes de nacer.

Generoso Medina (Uruguay)

Fuente: Mi Libro Encantado, Grandes Hombres, Grandes Hazañas, Editorial Cumbre, S.A., Bolivar, 8, México, D.F. págs. 24-26.

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